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¡Todo está cambiando!

Updated: Jul 7




Habitar un espacio es llenarlo de memorias. Cuando vivimos un lugar, ya sea un parque, un edificio, una universidad, o una calle, creamos recuerdos indelebles que se convierten en parte del paisaje de nuestra imaginación. En cada uno de estos momentos, los lugares responden a una etapa de la ciudad, y a un espacio específico en nuestras vidas. Mi caso no ha sido la excepción, me ha tocado la feliz coincidencia de haber sido usuario y transgresor de los espacios que hoy estoy transformando en Grupo Baum. En esta memoria, quiero contarles cómo los he vivido: como estudiante de preparatoria, luego como universitario, y finalmente como profesionista de la construcción. ¿Qué he aprendido en este proceso? ¿Qué significa esto para las generaciones que vienen?

Esta historia comienza hace no mas de 15 años cuando estaba en la prepa y entrenaba con el equipo de natación y todos los días venía al campus a entrenar en el legendario “Domo Acuático”. La travesía comenzaba en encontrar lugar para estacionarse, que claro siempre significaba hacerlo lejos y en las las colonias alrededor del Tec, caminando grandes tramos en el sol para llegar a tiempo a la alberca. En aquellos tiempos las banquetas no eran muy amigables con el peatón, entonces caminar por aquí era una hazaña diaria. Recuerdo que la Avenida García Roel era prácticamente una autopista, y caminarla en verano era un castigo por el calor de la ciudad y pasaba algo similar con la Avenida Luis Elizondo, que en ese entonces no contaba con cruces peatonales seguros. A mi punto de vista, consideraba normal este tipo de ciudad y no esperaba más, las calles eran como eran y no tenía que existir un cambio. Creo que de cierta manera esa normalidad nos cegaba y con esa barrera se iban las ganas de exigir algo mejor.

Los años pasaron y me encontraba en el mismo lugar, ahora como estudiante universitario. La vida estudiantil en la carrera de arquitectura es intensa, e implica muchas horas de trabajo en los talleres, en la laptop, dibujando, entre mil otras cosas, y esas horas a veces se convertían en días enteros y madrugadas. Arizona, como le decimos a los talleres, se convertía en una extensión de casa. Lo digo por que es inevitable desarrollar un vínculo afectivo con los lugares que habitamos día con día, sobre todo cuando los habitamos con este nivel de intensidad. Los recuerdos que creé en este lugar son un elemento tan importante como los muros y los árboles que les dan sombra.

Hoy, por coincidencia o por obra del destino, me encuentro ante la responsabilidad de transformar el contexto que viví desde pequeño y prepararlo para las generaciones que vienen. Palabras atrás mencioné ser transgresor del espacio que una vez viví como usuario, y lo digo de la manera más literal posible; rompemos la línea que una vez rigió la estructura de la ciudad con cada proyecto que lideramos en Grupo Baum. Ser parte de esta tarea, de moldear una nueva ciudad, provoca en mí un montón de emociones diferentes, nostalgia, anhelo, pero también esperanza por crear un mejor entorno para las generaciones futuras.

Durante los proyectos que me ha tocado liderar en estos años siempre existen personas que se acercan a preguntar que está pasando, a preguntar sobre los cambios que estamos haciendo, y bueno, siempre hay comentarios de todo tipo. Es normal que la gente sea renuente al cambio, es algo que sucede en cualquier proyecto de esta magnitud. En los recorridos semanales que hacemos para revisar el avance de las obras, es común encontrarme con una señora mayor caminando con su bastón en mano. La he visto por aquí y por allá, siempre haciendo sus vueltas a pie. Antes se acercaba al equipo para preguntar: ¿Qué está pasando aquí? Pero ya después de tiempo, solo se acerca para echarnos porras y darnos ánimos. Aprecio mucho cada vez que la veo, porque me recuerda que para personas como ella y para muchos más estamos haciendo esta ciudad más legible, caminable, y fácil de entender.

Estoy convencido que los espacios que vivimos nos forman, para después nosotros dar forma a los espacios mismos. Así como de que los jóvenes de prepa, estudiantes de arquitectura, padres, abuelas y abuelos, nietos y otros más que pasen por estas banquetas vendrán con otro contexto personal desde el cual partir para incidir en el mundo. Partirán de la suposición que las calles deben ser amigables, arboladas, y bien iluminadas, conscientes del impacto que puede tener ver un panorama limpio, libre de cables. Vivirán sus frustraciones y celebrarán sus logros desde una imaginación nueva del espacio, cosa que para mi es causa de conmemorar y agradecer.


No cambiaría por nada la oportunidad de ser parte de la transformación de los espacios que me vieron crecer y que me hicieron quién soy. A consciencia de que todo cambia, todo fluye, y todo pasa al archivo de la historia, sé que hoy estamos haciendo un parteaguas para construir una ciudad diferente: más humana, más sostenible, y más cercana.


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